Aparentemente siempre serás mi adonis,
mi ideal de belleza inquebrantable.
Los aleteos en el estomago cuando sé de tí,
el odio que me quema las venas al instante siguiente,
la desilusión y tristeza dos minutos después.
No eres demasiado real,
pero nunca lo suficiente falso como para desterrarte.
Sé que te intereso (debería insultarme).
Sé que entras en la categoría de despreciables a menudo.
Sé que me aburrirías, sé que me harías daño,
y sé que te adueñas hasta de mi respiración.
Te odio y te deseo.
Pero sobretodo, te odio.